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El teletrabajo ha venido para quedarse en nuestros hogares ¿Pero cómo?

by Alberto Mangas

Los legisladores tienen ahora prisas en el intento de legislar el teletrabajo, pero como sucede en estos casos, la tecnología y los cambios de estas herramientas son mucho más rápidos que la política y la sociedad. Cambios exponenciales o saltos cualitativos mucho mayores de los que la comunidad política puede dar respuesta.

Algunos llenan de flores y perfumes el concepto de teletrabajo e incluso hablan la necesidad de la «responsabilidad flexible»

«La clave es generar una cultura de confianza en la que entendamos que cada uno de nuestros empleados sabe lo que debe hacer y tiene afianzado su sentido de la responsabilidad», dice la directora de RRHH de Microsoft en España y Portugal. El entorno de trabajo del futuro debe potenciar «la autonomía, la responsabilidad, la flexibilidad y el sentido de propósito de las organizaciones».  Por esta razón, dice, el gigante tecnológico apuesta por una cultura de «responsabilidad flexible»: dota a sus trabajadores de las herramientas necesarias para trabajar desde cualquier lugar y les concede autonomía para gestionar su día a día junto con su jefe y su equipo. Y resumió así el modelo de la compañía: «El trabajo es algo que hacemos, no un lugar al que vamos».

De acuerdo con los datos de una encuesta realizada por Eurofound, durante el pasado mes de abril, la proporción de personas empleadas que ha comenzado a teletrabajar en España ha alcanzado el 30,2%, un cifra que duplica la de antes del confinamiento que se situaba en el 15,4%, cifra que todavía está por debajo de la media europea (cerca del 40%) y muy lejos de los países nórdicos (60%).

Todo se vuelve frío y distante, a la vez que se vive una tragedia en las casas para establecer los límites entre trabajo y ocio (lectura, cultivo de la persona, atención a hijos y ancianos…)

Para la empresas se abre un nuevo mundo. Para las grandes corporaciones supone en primer lugar un buen ahorro de superficie de oficina en el centro de muchas capitales, se «liberan de la relación personal», de la carnalidad del mismo ser que suda para ganarse el pan. Ya apenas se ve el rostro del que no ha dormido en toda la noche porque ha estado en el hospital con el abuelo. Todo se vuelve frío y distante, a la vez que se vive una tragedia en las casas para establecer los límites entre trabajo y ocio (lectura, cultivo de la persona, atención a hijos y ancianos…)

Estamos pues ante un nuevo escenario socio-laboral, donde los empleados no conocen más que a sus jefes o a unos pocos miembros de su equipo, o en su defecto, dependes de los algoritmos que dirigen tu vida.  Un hecho entre muchos que corrobora lo que está sucediendo: Hace ya unos años, un arquitecto técnico que hacía tasaciones e informes de calificación energética de la vivienda, me comentaba como estaba sometido a la dictadura de un algoritmo. Este proceso matemático diseñado en la plataforma de turno, le daba más o menos trabajo según la eficiencia de los anteriores trabajos realizados.  Todo desde su casa. Sin ver a compañeros. Sin poder al menos compartir las penas y fatigas de la degradación del trabajo. Sin capacidad de asociarse. Con lo justo para salir adelante.

Abocados a trabajar por objetivos a un precio ajustado en competencia global de todos contra todos, toda la humanidad contra si misma, manejada por un verbo nada divino: el algoritmo

Abocados a trabajar por objetivos a un precio ajustado en competencia global de todos contra todos, toda la humanidad contra si misma, manejada por un verbo nada divino: El algoritmo. Los jornaleros del siglo XXI esperan ser elegidos en la plaza digital. ¿Habrá algo para mí? A la vez que se imponen los «cazadores de talento» de los grandes, para acelerar las diferencias entre pobres y ricos: el talento al servicio de unos pocos.

Para colmo ya hay incluso compañías como Panasonic prepara un cubículo tipo IKEA para instalar en casa. Y metido en tu casa con Amazon, Netflix, Facebook… éstas serán el complemento necesario para no volverse loco. Todo es negocio.

Pero hemos de poner la proa en la dirección correcta.  El teletrabajo no puede ser la trampa para obviar la necesidad de dignificar el trabajo en si mismo, en medio de la coartada de la COVID. Hemos de dotar a las familias de posibilidades de promoción de sus miembros en las casas, así como establecer unos vínculos sociales fuertes y solidarios entre trabajadores, familias… ¿Hay tejido social solidario?

Si el hogar se vuelve absolutamente accesible para las familias y lugar de encuentro con otros, si el trabajo no es precisamente el nuevo «precariado», o la vieja esclavitud; podemos empezar a hablar.

Alberto Mangas

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