Manos que piensan

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Cada vez usamos menos las herramientas. Estamos viviendo un cambio en nuestra relación con los objetos que nos rodean: una actitud más pasiva y más dependiente. Y realmente tenemos menos ocasiones para ocuparnos de las cosas con nuestras propias manos, sea para repararlas o para hacerlas. Lo que antes elaborábamos de manera cotidiana, ahora lo compramos. Y lo que antes reparábamos por nosotros mismos, ahora lo sustituimos por completo o contratamos a un experto para que lo arregle, y ese arreglo profesional entraña, la mayoría de las veces, cambiar todo un sistema porque ha fallado algún componente diminuto.

Desde mediados de los años ochenta estamos viviendo un endiosamiento de la alta tecnología. Por supuesto, no hay nada nuevo en este tipo de futurismo. Lo nuevo es enlazar ese futurismo con lo que podríamos llamar «virtualismo»: una visión del futuro que, de alguna manera, hace que nos separemos de la realidad material y nos deslicemos dentro de una pura economía de la información. Aunque es cierto que los trabajos industriales han abandonado nuestro territorio en un grado inquietante, los oficios manuales no lo han hecho. Si necesitas reformar tu cocina o reparar el coche, los chinos no nos sirven de ayuda. Porque están en China. Y el hecho es que hay una escasez crónica de mano de obra, tanto en la construcción como en la reparación de automóviles. Sin embargo, hace ya mucho tiempo que, en la cabeza de los expertos se entona su réquiem.

El tipo de trabajo que este futurismo virtualista ha tenido más éxito en eliminar es el trabajo que exige habilidad manual y contacto directo con la materia prima de una u otra clase. En una sociedad industrial avanzada dicho trabajo se ha convertido en algo sumamente raro y vivir decentemente de él es casi imposible. Una gran parte de la neurosis moderna quizá pueda ser debida a este factor. En Elogio de las manos, Guillermo Rovirosa nos recuerda la definición que hace santo Tomás de Aquino del hombre como un ser con dos rasgos que lo distinguen de todos los demás seres de la creación: inteligencia y manos. Su síntesis le proporciona la libertad, ya que “cuando solamente se desarrolla una de ellas, por ejemplo: la habilidad manual y se descuida la inteligencia se cae inevitablemente en la proletarización; especie de indigentes que para vivir han de ser conducidos (malamente) por los que piensan y no hacen. Estos que piensan y no hacen también caen en la indigencia de depender de los otros para subsistir.”

Defensa de la habilidad manual

El ser humano se realiza cuando está ocupado creativa, útil y productivamente con sus manos y su cerebro. Esta sociedad actual que llamamos “del conocimiento” nos liberó de los trabajos difíciles y poco gratificantes que requerían fuerza muscular en lugar de cerebro, y eso nos permitió disfrutar de la comodidad que nos proporciona este distanciamiento “liberador” de la naturaleza y la materia prima. Se extendió la idea de que la clave del éxito individual era la acumulación de conocimientos abstractos y diplomas cada vez más sesudos, fruto de un juicio que surge de un desprecio ancestral, sobre todo en Occidente, por lo que llamamos los oficios manuales, y alimenta un prejuicio generalizado entre los jóvenes de que este tipo de trabajo no es en absoluto viable como medio de vida.

Hay que plantarle cara a estos escrúpulos y demostrar que muchos trabajos manuales requieren inteligencia. Y a la vez evidenciar cómo muchas de las llamadas “actividades intelectuales” no requieren mucha de ella. Se trata de evaluar críticamente el argumento implícito de que el hacer y el pensar pueden separarse, junto con su corolario: que la manipulación de abstracciones es lo mismo que el pensamiento. Es cierto que el supuesto subyacente del progreso es que nos ofrece liberarnos de las cargas físicas para que podamos alcanzar nuestras verdaderas ambiciones mientras seguimos siendo cada vez más libres. Pero, ¿están las cosas realmente tan claras?

El imperialismo económico ha reducido la actividad humana a una cantidad abstracta de tiempo y dinero, como si nuestras actividades fueran completamente intercambiables. ¿No es una pérdida de tiempo hoy en día reparar todo lo que está roto en casa? Proponemos aquí defender un ideal intemporal, pero que apenas encuentra acomodo hoy: la habilidad manual y la actitud que entraña hacia el mundo material construido. Ni como trabajadores ni como consumidores se nos suele pedir, en cualquier caso no a la mayoría, que desarrollemos esas destrezas, y el simple hecho de recomendar que las cultivemos es arriesgarse a provocar las burlas de los que se consideran las personas más prácticas: por un lado los economistas, que señalarán los «costes de oportunidad» que implica gastar tiempo haciendo lo que se puede comprar, y por otro, los educadores más pragmáticos, que dirán que es irresponsable educar a los jóvenes para los oficios manuales, que se identifican, de alguna manera, con trabajos del pasado. Pero podríamos detenernos a considerar, con precisión, si son realistas esto supuestos, o si, por el contrario, surgen de un prejuicio que insiste en dirigir a los jóvenes hacia los trabajos más fantasmagóricos.

 ¿Qué es la mano?

 Consideramos la mano como un miembro banal y evidente de nuestro cuerpo, pero de hecho se trata de un instrumento de precisión prodigioso que parece tener su propio entendimiento, su voluntad y sus deseos. Nuestras manos son capaces de adquirir niveles de precisión portentosos cuando se las entrena en situaciones extremas: por ejemplo, es conocido cómo la pérdida de un sentido amplifica otros y hay casos constatados de ciertos invidentes que adquieren a la larga tal sensibilidad en el tacto que son capaces de distinguir, tocándolas, las figuras de un juego de naipes, por el espesor infinitesimal de la imagen impresa.

Las recientes investigaciones y teorías antropológicas y médicas incluso otorgan a la mano un papel fundamental en la evolución de la inteligencia humana, del lenguaje y del pensamiento simbólico. La fascinante capacidad motriz y de aprendizaje y las funciones aparentemente independientes de la mano puede que no sean resultado del desarrollo de la capacidad cerebral humana, tal como tendemos a pensar, sino que la extraordinaria evolución del cerebro humano bien puede haber sido una consecuencia de la evolución de la mano. Aristóteles se equivocaba al afirmar que los humanos tenían manos porque eran inteligentes. Quizás sea Anaxágoras quien estuviera más acertado al sostener que los humanos eran inteligentes porque tenían manos.

Para Immanuel Kant “la mano es la ventana de la mente.” Y también Martin Heidegger reconoce el vínculo que la relaciona directamente con el pensamiento. Los grandes artistas han concedido una atención extrema al estudio de las manos. Han percibido su poderosa virtud, ellos, quienes más que los otros hombres viven de ellas. Todas las formas artísticas —como la escultura, la música, el cine y la arquitectura— constituyen modos específicos de pensamiento; representan modos de pensamiento sensorial y corporal característicos de cada uno de esos medios artísticos. Estos modos de pensamiento son imágenes de la mano y del cuerpo y ejemplifican un conocimiento existencial esencial. A lo largo de nuestra existencia, la memoria compartida se adhiere a los recuerdos materiales de nuestra vida, en una especie de comunión, con otros y con el futuro. Hacer por ejemplo un mueble con las propias manos; presentir la impresión que irá formando a lo largo del tiempo en aquellos que lo usarán, los hijos mismos, sabiendo incluso cómo lo construyó su propio padre… Imaginar que irá formando parte del ambiente en una vida futura. Los defectos de su ejecución, además de las inevitables manchas y cicatrices, acabarán originando una superficie lo bastante texturada como para que los recuerdos y los sentimientos se aferren a ella, de manera inadvertida…

La mano también es clave en el vínculo social. Las teorías actuales sugieren que el lenguaje se originó en la primitiva fabricación colectiva y mediante el uso de herramientas. El desarrollo del lenguaje estaría así ligado a la evolución conjunta de la mano y del cerebro. Utilizando el modelo de actividad humana de Aristóteles como punto de referencia, el filósofo y también mecánico Matthew B. Crawford confirma que el reconocimiento del otro es esencial para que el trabajo tenga sentido, al igual que otras condiciones, como el «orgullo de la realización de tareas enteras que pueden mantenerse en la mente de una vez, y contemplarse como enteras una vez terminadas». Para Crawford, el trabajo es social porque es a través del intercambio cómo se desarrollan los conocimientos y las normas profesionales del artesano.

 

 Pensar materialmente

 La separación entre el pensar y el hacer nos ha legado la dicotomía de trabajador de «cuello blanco» frente a trabajador de «cuello azul«, que corresponde a lo mental frente a lo manual.  Sin embargo, hay pruebas que señalan que la nueva frontera del capitalismo es hacer con el trabajo de oficina lo mismo que antes se hizo con el trabajo de fábrica mediante los principios del taylorismo: vaciarlo de sus elementos cognitivos. Ante esto, ¿ qué podemos proponer a un joven que se empieza a plantear su vocación profesional? Habría que evitar actitudes utópicas, pero sin perder de vista el bien común: un trabajo que aproveche las capacidades humanas tan plenamente como sea posible. Esta respuesta humana y de sentido común va en contra del imperativo central del capitalismo, que separa, diligentemente, el pensar del hacer. ¿Qué consejo habría que darle entonces? Por supuesto, que vaya a la universidad. De hecho, que aborde la universidad con un espíritu artesanal, profundizando en las humanidades y las ciencias. Y en los veranos, aprender un oficio manual. Es probable que salga menos perjudicado, y muy posiblemente mejor pagado, como artesano independiente que como habitante de un cubículo en una oficina, ocupándose de sistemas informáticos o como «creativo» de bajo nivel. Seguir este consejo requiere una cierta inclinación a llevar la contraria y entraña rechazar un rumbo de vida que otros han trazado como obligatorio e inevitable.

En nuestra era de producción industrial en serie, consumo surreal, comunicación eufórica y entornos digitales ficticios, seguimos viviendo en nuestros cuerpos de la misma forma en que habitamos nuestras casas, porque, tristemente, hemos olvidado que no vivimos en nuestros cuerpos, sino que somos constituciones corporales en nosotros mismos. La corporeidad no es una experiencia secundaria; la existencia humana es fundamentalmente un estado corporal. En la actualidad se considera el cuerpo como un medio de identidad y presentación del yo, al tiempo que un instrumento de atractivo social y sexual. Sin embargo, su importancia se entiende simplemente en su esencia física y psicológica, pero se infravalora y desatiende su papel como la base misma de la existencia y del conocimiento corporales, así como de la comprensión total de la condición humana. Dado que los trabajos manuales se refieren a unos estándares objetivos que no se derivan del yo y sus deseos, son un desafío para la ética del consumismo. Como explica el sociólogo Richard Sennett en La cultura del nuevo capitalismo, el artesano está orgulloso de lo que ha hecho y lo valora, mientras que el consumidor desecha cosas que son perfectamente útiles en su constante búsqueda de lo nuevo. Ser capaz de pensar materialmente, y por ello, de forma crítica, en los bienes materiales, nos da una cierta independencia frente a las manipulaciones del marketing, que, como señala Sennett, suelen desviar la atención de lo que es algo y conducirla a un relato, una historia de fondo, insinuada por medio de asociaciones, cuya finalidad es exagerar diferencias menores entre marcas.

Los trabajos manuales se confirman en lo que Hannah Arendt llama la «realidad y confiabilidad» del mundo y van directamente en contra de lo que Sennett identifica como «un elemento clave del yo idealizado de la nueva economía: la capacidad de rendirse, de renunciar a la posesión de una realidad establecida». Es un ideal extraño, atractivo sólo para una clase peculiar de persona, porque a la mayoría de la gente no le resulta divertida la inseguridad sobre el carácter básico del mundo. Como dice Sennett, la mayoría de las personas se enorgullecen de ser buenas en algo específico, a lo cual se llega por medio de la acumulación de experiencia. Sin embargo, se impone a los trabajadores, desde arriba, una predisposición a la fugacidad; de ello se encarga la actual generación de revolucionarios de la gestión, para quienes la ética de la artesanía es, en realidad, algo que hay que erradicar de la fuerza laboral. Los oficios manuales entrañan dedicarse a una tarea durante largo tiempo y penetrar profundamente en ella, porque quieres que salga bien. En la jerga de la gestión a esto se le llama estar «ingrown» (como una uña que se encarna). El modelo de conducta preferido es el del consultor de gestión, que llega y se va, y cuyo orgullo mismo reside en su falta de una pericia concreta. Igual que el consumidor ideal, el consultor de gestión presenta una imagen de enorme libertad, a la luz de la cual los oficios manuales ofrecen un aspecto estrecho y mísero: el fontanero, enseñando la raja del trasero, inclinado debajo del fregadero.

La destreza manual: refugio frente a la demagogia

 Los politólogos, desde Aristóteles hasta Thomas Jefferson, han puesto en tela de juicio la virtud del artesano, encontrándolo demasiado estrecho de miras en sus intereses para que lo mueva el bien común. Sin embargo, estas afirmaciones se hicieron antes del pleno florecimiento de la comunicación de masas, con sus efectos corrosivos sobre la independencia de espíritu. Si se está reorganizando la personalidad moderna basándola en el consumo pasivo, esto tiene que afectar forzosamente a nuestra cultura política. Dado que los principios de la artesanía se derivan de la lógica de las cosas, más que del arte de la persuasión, una continuada dedicación a ellos quizá le dé al artesano algún motivo que le ayude a enfrentarse a los demagogos, sean comerciales o políticos. Viene aquí al caso la apreciación que hizo Aristóteles: «La falta de experiencia reduce nuestro poder para tener una visión amplia de los hechos admitidos. Por ello, los que viven en íntima asociación con la naturaleza y sus fenómenos son más capaces de establecer principios tales como admitir una evolución amplia y coherente; mientras que aquellos cuya devoción hacia las discusiones abstractas ha hecho que no observen los hechos, están demasiado dispuestos a dogmatizar apoyándose en unas pocas observaciones.» El respeto habitual del artesano no es hacia lo nuevo, sino hacia los estándares objetivos de su oficio. Por restringido que sea en su aplicación, se trata de un caso raro en la vida contemporánea: una idea de lo que es bueno, que es posible articular y afirmar públicamente. Una ontología tan fuerte está, en cierto modo, en desacuerdo con las instituciones a la vanguardia del nuevo capitalismo, y con el régimen educativo que busca suministrar a esas instituciones mano de obra adecuada: generalistas flexibles, libres de las restricciones de un único conjunto de conocimientos.

Las manos de un gran escultor, Henry Moore en su estudio a finales de la década de 1970

Se sabe que la satisfacción de manifestarse en el mundo, de forma concreta, por medio de la competencia manual, nos alivia de la necesidad de ofrecer interpretaciones charlatanas de nosotros mismos para reivindicar nuestra valía. Uno puede limitarse a señalar los hechos: el edificio se sostiene, el coche arranca, la lámpara vuelve a iluminar. Para Rovirosa, gracias a la cultura obrera propia de su tiempo en la que voluntariamente se encarnó -una mentalidad determinada por el trabajo manual-, éste no admite mentira: si se quiere trabajar el hierro como si fuera plomo, se fracasará. Esto crea en el trabajador auténtico una conciencia de verdad que se va haciendo consustancial con su vida. Esta experiencia de la clase obrera se podría elevar hoy a categoría universal.

 

Elogio de las manos

 El órgano de la inteligencia del hombre son sus manos y no puede haber disociación entre ambas. Esta es la conclusión a la que llega Rovirosa. El hombre es imagen de Dios, que es –al mismo tiempo- Sabiduría y Creador, Verdad y Poder. Precisamente en esta identidad reflejo del poder creador de Dios, reside la dignidad del trabajo humano, en el cual las manos son siempre esenciales. Como cada hombre es una ‘encarnación’ de su profesión respectiva, será tanto más persona cuanto mejor se compenetren sus manos y su entendimiento, en el doble afán de proyectar la persona en la sociedad que le rodea para influir en ella y en el sentido de captar todo lo que existe fuera de sí mismo, enriqueciendo su personalidad con cuantas aportaciones se incorporen a su entendimiento.

El entendimiento, a través de los sentidos, percibe y ‘elabora’ el mundo que le rodea. Las manos (escribiendo, labrando, manejando una herramienta, bendiciendo, mendigando…) influyen y dan sentido a toda colectividad humana.  Esta mediación de las manos, que es la prueba de oro para verificar nuestro deseo, es la única manera de pasar de la tiranía de las intenciones y del subjetivismo, al reinado de los hechos. El testimonio de Cristo es, también aquí, la referencia: “Por los frutos se conoce al árbol”. Y los frutos del hombre son siempre las obras de sus manos. El prototipo en esto -como en todo-  hay que buscarlo en el taller de Nazaret. Allí está el Verbo -Entendimiento- de Dios labrando la madera. Al final de Elogio de las manos, Rovirosa reconoce que «a través de las manos del hombre (órgano indispensable de su inteligencia) veo el dedo de Dios y la armonía de la creación, y, sobre todo, de la Redención hecha por un Dios que pasó casi toda su vida trabajando con sus manos, y nos redimió colgado por sus manos cosidas con dos clavos a un madero.»

Manuel Arrebola, arquitecto

Miembro de PBC

Referencias bibliográficas:

1.- G. Rovirosa (1897-1964), “Elogio de las manos”.

2.- M. B. Crawford, “Shop Class as Soulcraft”, The New Atlantis, no. 13. Center for the Study of Technology and Society, p. 7–24, 2006.

3.- M. B. Crawford, “Con las manos o con la mente”, Barcelona: Ed. Urano, 2010.

4.- R. Sennett, “El artesano”, Barcelona: Anagrama, 2009.

5.- R. Sennett, “La cultura del nuevo capitalismo”, Barcelona: Anagrama, 2006.

6.- J. Pallasmaa, “La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal en la arquitectura”, Barcelona: Gustavo Gili, 2012.

7.- H. Braverman, “Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo en el siglo XX”, Mexico D. F.: Nuestro Tiempo s.a., 1974.

8.- H. Focillon, “Elogio de la mano”, Palma de Mallorca: José J. de Olañeta, Editor, 2021.

9.- F. Hadjadj, “Por qué dar la vida a un mortal”, Madrid: Rialp, 2020.

 

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