La conciencia y el mal

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La Jornada Interprofesional sobre el Derecho a la Objeción de Conciencia que se celebra este sábado, 6 de noviembre, convocada por Profesionales por el Bien Común, parte de la constatación de «estar asistiendo a una revolución cuya impronta totalitaria se manifiesta de manera novedosa respecto a totalitarismos anteriores, porque se cree capaz de reducir y transformar la naturaleza humana, incluida la esencia de la conciencia».  

La jornada lleva por título La banalidad del mal, expresión acuñada por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, cuyo subtítulo es un Informe sobre la banalidad del mal. La expresión quiere ayudar a caer en la cuenta de que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de dichos actos, que justifican por el cumplimiento de las órdenes. Aunque Eichmann, responsable directo de la Solución final, no fuera un ciudadano normal, su comportamiento en el juicio llevó a Arendt a reflexionar sobre la responsabilidad de las personas normales en los males causados por instituciones y sistemas políticos y económicos. Los ciudadanos normales, expresión similar al hombre-masa de Ortega y Gasset, son el grupo mayoritario que asume los criterios morales y costumbres de su sociedad como buenas de una manera acrítica. Así, como el oficial nazi se justificó en el cumplimiento de órdenes y de leyes aprobadas conforme a lo establecido, muchos ciudadanos hoy siguen la propuesta moral del derecho positivo o las normas difusas de lo políticamente correcto para justificar sus decisiones y, sobre todo, su inacción ante la injusticia contemporánea, provocada por sistemas de los que forman parte y de cuyos resultados se benefician «aunque haya sangre en los zapatos».

Por otra parte, estamos asistiendo a una presión políticamente concertada, que se plasma en el derecho positivo, para restringir la objeción de conciencia. Por ello es tan importante reflexionar sobre la conciencia. La libertad de conciencia y su expresión pública, una de cuyas derivadas es la objeción de conciencia, es un derecho humano universal y fundamental que debe ser respetado por el ordenamiento jurídico. La conciencia es el ámbito más profundo en el que la persona discierne sobre la verdad y el bien, y enjuicia y discierne sobre la moralidad de sus actos. «En lo profundo de su conciencia, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado», dice el Concilio Vaticano II en el nº 16 de la constitución Gaudium et spes.

Pero la mutación cultural y antropológica que estamos viviendo afecta también a la conciencia que tenemos de la conciencia, si se me permite la expresión. Podríamos hablar también de una banalidad de la conciencia. Hoy es impresionante el ejercicio de manipulación de las conciencias que el poder lleva a cabo. Lo recuerda el Papa Francisco en el nº 275 de Fratelli tutti: «Cabe reconocer que entre las causas más importantes de la crisis del mundo moderno está una conciencia humana anestesiada…». La conciencia se reduce para muchos a sentimiento, base suficiente para justificar el cambio de sexo o cualquier otra decisión. Mayoritariamente, la conciencia es descifrada como autonomía o poder de decisión de individuos autosuficientes e independientes. San Juan Pablo II denuncia esta reducción de la conciencia en Veritatis splendor: «Algunos autores, queriendo poner de relieve el carácter creativo de la conciencia, ya no llaman a sus actos con el nombre de juicios, sino con el de decisiones. Solo tomando autónomamente estas decisiones el hombre podría alcanzar su madurez moral» (VS 55).

De ahí la importancia de reflexionar sobre la conciencia, incluso de los riesgos de una tranquilizante propuesta del derecho a la objeción como un refugio o una concesión a cambio de aceptar las reglas del juego. Tampoco puede ser demanda al poder de una suerte de aceptación de la diversidad a cambio de tolerar lo intolerable. Es la expresión actual del permanente riesgo de la buena conciencia, o de buscar reductos donde podamos sobrevivir, nuestro templo, nuestra clase de Religión, nuestro colegio u hospital… nuestra conciencia, aunque la mayoría de nuestros conciudadanos y la marcha general de la sociedad vayan en dirección contraria.

La formación de la conciencia, abierta a la verdad y al bien, cuya fuente la transcienden, es fundamento de la objeción y también del deber de conciencia y de la promoción de conciencia en nuestra sociedad. Para lo cual son indispensables pastores que acompañen y laicos que vivan la caridad política.

D. Luis Argüello

Secretario General de la Conferencia Episcopal Española

Publicado en Alfa y Omega

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