Esclavos pero satisfechos

¿Con que sueña la gente?  Con alguien que les diga de una vez por todas en qué consiste la felicidad y que luego les encadene a ella.

Eugeny Zamiatin

 

El otro día, en la puerta del hipermercado me crucé con un joven en cuya camiseta llevaba escrito lo siguiente: “Necesito una vocación, no quiero un simple trabajo”. Me llamó la atención, porque desde Profesionales por el bien común insistimos mucho, en qué es de vital importancia para la juventud el descubrir su vocación profesional. Pero a la vez recordé las palabras de Charles Bukowski “No tengo ninguna vocación, pero debe de haber algún sitio para las personas como yo”.

 

Desconozco si el joven de la camiseta trabajaba en aquel hipermercado o era un cliente, pero es curioso que salía con aquella camiseta precisamente de uno de los lugares dónde abundan  las personas que no encontraron su vocación y se conformaron con un simple trabajo. Y efectivamente, hay un sitio para ellos, el sistema tiene uno preparado para ti, sino encuentras el que realmente necesitas, y además el sistema también te facilitará la mentalidad apropiada para lo que en ese sitio te pedirán que hagas.

 

Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho. Esta frase fue pronunciada por Ricardo Flores Magón, escritor y político mejicano que por el año 1904 exigió la jornada laboral de ocho horas y el descanso dominical obligatorio. Quizás fue la primera vez que se calificaba a las personas que interiorizan las opresiones del sistema como “esclavos satisfechos”.

 

Bertrand Regader, califica como “síndrome del esclavo satisfecho” a un conjunto de síntomas que presentan algunas personas.

 

Estos individuos, a pesar de vivir una vida objetivamente miserable, parecen no solamente resignadas sino agradecidas con su existencia. Se trata, tal vez de un mecanismo de defensa, no es raro encontrarse en determinados sectores de la actividad laboral, con personas que reconocen no disfrutar de los mismos derechos que otros trabajadores, derechos por otro lado recogidos en el estatuto de los trabajadores o en su mismo convenio colectivo.

 

En este sentido es habitual escuchar frases del estilo: “Ya sabes que si trabajas en comercio no tienes derecho a fines de semana libres, es lo que hay”, “ha sido así toda la vida, mi padre trabajaba en un bar y se tiraba todo el día fuera de casa”, “si quieres librar hazte funcionario”.

 

Nos podríamos imaginar que lo peor en este tipo de trabajos, son las condiciones en sí mismas, es decir: horario, sueldo, carga de trabajo, escasez de libranzas, las vacaciones nunca coinciden con las de tus hijos, etc. Pero según algunos expertos, lo peor es sentirse satisfecho y hasta agradecido con la vida que te ha tocado vivir.

 

Según Regader, “es una satisfacción paradójica propia del neurótico adaptado”, alguien que no reacciona ante la realidad de forma emocionalmente coherente a pesar de que la percibe de forma correcta. Estas personas suelen tener problemas en su lugar de trabajo, llegando incluso a comportarse como maltratadoras psicológicas. Son personas que no reflexionan acerca de su futuro y reducen la satisfacción de la vida a la satisfacción inmediata. Aunque muchos contemplan esta filosofía de vida como una muestra loable de adaptación y de optimismo, lo cierto es que es una forma más de autoengaño.

 

La trampa cognitiva radica en que este individuo aumenta progresivamente su aceptación hasta pasar inadvertida por la propia persona. No debemos olvidar que lo que define a un esclavo no son las condiciones en las que se ve obligado a trabajar sino su nula libertad de movimientos sin autorización de su amo.

 

El problema del esclavo satisfecho, su desgracia, no son tanto las formas situacionales que sufre en términos de maltrato, sino la asunción del pensamiento del poderoso que le impide cuestionar su estado de sumisión. Esto conlleva que acepte sin revelarse las condiciones que se le imponen con una actitud acrítica sin la más mínima intención de revertir su situación, llegando a tener incluso una sensación de satisfacción por el trato recibido. “Las cadenas no sujetan el cuerpo sino la mente”.

 

Podemos comprender que para estas situaciones de nada sirve el formar parte de sociedades con leyes o convenios que “en teoría” nos deberían proteger de los abusos. Este sistema neoliberal en el que nos encontramos nos impone ciertos valores y ejerce sobre nosotros una clara manipulación de conciencia que nos lleva a aceptar condiciones que chocan directamente con la dignidad de la persona.

 

El esclavismo moderno consiste en atender sin reflexión previa a una serie de rutinas familiares, laborales y sociales. La velocidad que nos imponen las actividades propias del día a día, nos impide reflexionar sobre cada una de las agresiones que recibimos en forma de publicidad para el consumo e incluso para actitudes vitales y morales. Dejamos de pensar en las cosas importantes, despreciamos el análisis y el espíritu crítico y nos abandonamos en una suerte de relajación pasiva que desemboca en esclavitud, echándonos en los brazos de una especie de “indefensión aprendida”, una nula confianza en nuestras posibilidades para revertir este proceso y evitar el sufrimiento.

 

Sin dedicar un mínimo de tiempo a reflexionar, asumimos que nos es imposible cambiar el sistema que nos oprime y terminamos aceptándolo como legítimo y lógico, interiorizando su barbarie, haciéndola nuestra, llegando incluso a defenderlo y a oprimir a cualquiera que a nuestro alrededor ose cuestionarlo.

 

Y en este ambiente, los jóvenes parecen ser los más afectados, principalmente porque suelen ser objetivo de muchas campañas de “concienciación”.

 

Tal como escribió Álvaro Saval en su artículo “¿Juventud depresiva o juventud anestesiada?”, la manipulación de nuestros pensamientos va conformando una cultura fértil para el poder: nos amarra a prejuicios, consignas y estereotipos que paralizan a los jóvenes en un presente carente de esperanza, con pensamiento uniforme, tecnocracia, presentismo, empleos precarios y ocio siguiendo patrones idénticos.

 

El sistema pretende fabricar individuos carentes de reflexión o autocensura que funcionen de forma obediente y productiva, consumistas sin criterio y por supuesto nada críticos con la sociedad que les maltrata, aunque ellos no lo noten y hasta lo agradezcan. En este sentido, nuestra vida deja de ser una llamada a la vida solidaria, ya no nos interesa la lucha por el bien común sino una colección de sinsabores y placeres efímeros que nos regala un pensamiento uniforme y vacío.

 

Ante este ataque sin piedad a nuestra vocación profesional y a nuestra realidad humana, abandonemos de una vez un camino sin destino y busquemos todos juntos la dirección correcta que nuestra dignidad como personas nos reclama.

 

Álvaro Martín

Webgrafía:

Síndrome del esclavo satisfecho – Bertrand Regader

Indefensión aprendida – Martin Seligman

¿Juventud depresiva o juventud anestesiada? – Álvaro Saval

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Written by Alvaro Martín Prieto


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