La específica contribución de las mujeres a la construcción de la civilización del amor, el cuidado y la fragilidad

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Ponencia presentada en el encuentro “La vocación profesional al servicio del bien común” (marzo de 2019) organizado por PBC (Profesionales por el Bien Común).

La autora, profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla y miembro del Movimiento Cultural Cristiano y de PBC, sostiene en este artículo que sólo la específica aportación femenina a la vida en sociedad va a permitir construir la civilización del amor. Se trata de una batalla que requerirá profundos cambios de estructuras: políticas, económicas y culturales. Al mismo tiempo, advierte de los callejones sin salida a los que se conduce a la mujer, y con ella a la sociedad, cuando se pretende sustituir esa aportación específica por un mimetismo competitivo con el hombre que, a la postre, no solo no cambia nada sino que, por el contrario, apuntala una sociedad injusta e insolidaria.

Ana Solano pertenece al Grupo de Estudio sobre Mujer de Profesionales por el Bien Común


Se podría afirmar que, sobre todo desde el simbólico “68”, estos últimos 50 años han presenciado un “cambio de época” en el que las mujeres hemos ido entrando en los espacios públicos, asumiendo en ellos protagonismo. La cuestión de la mujer ha irrumpido como una más de las profundas transformaciones sociales y culturales, llegando a tener envergadura en el cambio de civilización al que quizás estemos asistiendo. Las relaciones entre los sexos, las diversas formas de convivencia social, todas las instituciones –desde el matrimonio y la familia, pasando por las instituciones políticas y religiosas– han quedado cuestionadas y desafiadas. No hay recetas fáciles: los estereotipos sobre la mujer se derrumban, los presupuestos machistas aparecen con toda su fragilidad, existen muchas búsquedas abiertas y las pasiones desencadenadas llevan al maniqueísmo que pretende enfrentar varones y mujeres.  Muchos poderes e ideologías se quieren servir de la mujer con nuevas formas de instrumentalización.

En este marco que nos ocupa del Bien Común tenemos que empezar reconociendo la contribución que ya hacen las mujeres para sostener la vida, especialmente las más pobres, que lo hacen amorosamente, con toda gratuidad, desde las condiciones más precarias de la existencia sufriendo los más altos índices de pobreza e indigencia, de marginación y exclusión.

Ellas son las que están mucho más presentes en los llamados trabajos “informales”, que en gran medida rayan con la mendicidad. Componen la mayor parte de la población activa desempleada. Trabajan en los campos de sol a sol, muchas veces en condiciones de verdadera esclavitud. Peor aún, son innumerables las mujeres abandonadas con su prole, que solas tienen que cuidarla y mantenerla. Entre ellas están las mujeres que quedan separadas de maridos e hijos migrantes por estados de necesidad. Y ni siquiera su trabajo doméstico, su cuidado de la prole, el afecto educativo de la primera infancia, ese despliegue inmenso de gratuidad, con mucho sacrificio, es valorado por el cuerpo social, sino a menudo incluso despreciado.

Más aún, hemos de mencionar la violencia que se ejerce sobre las mujeres, y que tiene múltiples rostros. Tiene los rostros de las mujeres que sufren violencia verbal, física, psicológica y sexual en ambiente doméstico. Tiene los rostros de adolescentes que, en altos porcentajes, quedan embarazadas. Los rostros de jóvenes que, incluso hoy día, se ven obligadas a aceptar matrimonios “convenidos” por las respectivas familias. Hay situaciones, incluso, de feminicidios seriados. Tiene los rostros de las mujeres consideradas sólo como objetos de consumo sexual esporádico e irresponsable, explotados y divulgados también por los medios de comunicación y de publicidad. Tiene los rostros de las mujeres que son víctimas y esclavas de la prostitución. Los rostros de las mujeres que son objeto de la “trata”.

Y aún así, toca a las mujeres ser constructoras de humanización, allí donde avanzan los desiertos creados por los ídolos del poder y de la riqueza.

Por esto, no se pueden aplicar mecánicamente las imágenes de modernos estereotipos y reivindicaciones de las mujeres de sectores medios y altos, ilustrados, de las sociedades de la abundancia a mujeres que viven en los sectores populares de sociedades empobrecidas, como si éstas tuvieran que seguir necesariamente el camino ya recorrido por nosotras. Más aún cuando la nueva imagen de mujer está siendo utilizada por los grandes poderes neo-malthusianos que, en vez de incluir a todos en el banquete de la vida pretenden reducir a cualquier precio el número de los comensales. Estos poderes instrumentalizan a las mujeres haciéndolas aparecer como protagonistas de campañas en pro de la liberalización del aborto y de la ideología de género.

Coherentemente con esto, mi línea de investigación en el doctorado interuniversitario de “estudios de las mujeres y de género” fue dar visibilidad a las mujeres víctimas sobre las que se sustenta la pretendida liberación de las mujeres de los países enriquecidos: las mujeres inmigrantes que trabajan en el servicio doméstico.

Edith Stein

Entrando en el tema que nos ocupa acerca de la contribución específica de las mujeres en la nueva sociedad que  queremos que sea del cuidado, la fragilidad y el amor, frente a la de la esterilidad-eutanasia, el poder y la competitividad, quiero partir de un texto por la importancia crucial que tuvo para mí encontrarlo hace más  de 20 años. Sin él quizás no hubiera sido capaz de soportar la tensión de mi vida profesional y me hubiera decantado hacia algunas de las alternativas al uso. El resultado habría sido, sin duda, no haber generado dentro de mí este nivel de reflexión que hoy expongo: me habría limitado a  justificar el orden establecido desde la posición que yo hubiera adoptado dentro de él.

Es de Edith Stein, filósofa de origen judío asesinada en el campo de exterminio nazi de Auschwitz, fue fenomenóloga, discípula predilecta de Husserl, de las primeras profesoras universitarias de filosofía:

¿Existe una vocación profesional natural de la mujer…?

Sólo a quien el acalorado apasionamiento de la disputa le ha cegado los ojos puede negar el hecho evidente de que el cuerpo y el alma de la mujer están hechos para una finalidad especial… ser compañera del hombre y madre de seres humanos.

La impostación de la mujer se dirige a lo personal vital y a la totalidad. Proteger, custodiar y tutelar, nutrir y hacer crecer: he ahí su deseo natural, puramente maternal… La mera cosa, le interesa a ella en primera línea en la medida en que sirve a lo personal vivo, no por sí mismo… Lo personal-vital, aquello a lo que atiende su solicitud, es un todo concreto, y como tal todo concreto quiere ser tutelado y desarrollado, no una parte a costa de una o de otras: no el espíritu a costa del cuerpo o a la inversa, y tampoco una facultad del alma a costa de las otras. Y a esta actitud práctica le corresponde la teórica: su modo de conocimiento natural no es tanto el analítico-conceptual cuanto el intuitivo y consumador orientado hacia lo concreto. Esta disposición maternal capacita a la mujer para ser cuidadora y educadora de todos los seres que se encuentran en su entorno. Su participación vital despierta las fuerzas e incrementa las prestaciones de aquel en cuyo favor ella toma parte. Resulta esencial que la naturaleza femenina se desarrolle genuinamente, lo cual dista mucho de ser obvio, pudiendo incluso decirse que eso solo se da en circunstancias muy especiales.

Si no se educa crecerá de forma malsana:

Por una parte, en efecto, se presenta a una misma y en los demás como inclinación a ocuparse desmesuradamente con la propia persona: vanidad, exigencia de alabanza y reconocimiento, desenfrenada necesidad de entrometerse. Por otra parte, como excesivo interés por los demás: curiosidad, chismorreo, inmiscusión indiscreta en la vida íntima de otros seres humanos.

 La orientación hacia la totalidad conduce fácilmente a la dispersión de las fuerzas, al rechazo de la necesaria disciplina técnica de cada una de las actividades, al golosinero superficial en todos los campos; y, en la relación con los otros, a la inclinación a incautarse totalmente de ellos, mucho más allá de cuánto lo exigen las funciones maternas… La compañera que comparte deviene entonces un incordio cargante que no tolera ninguna maduración callada, sosegada, y que por ello no favorece el desarrollo, sino que lo oprime e impide; en lugar del servicio amistoso emerge la voluntad de dominio. (E. Stein. El ethos de las vocaciones  profesionales femeninas)

¡TEXTO PROHIBIDO!… La interpretación simplista: entonces las mujeres solo sirven para maestras, enfermeras, psicólogas, azafatas, en la hostelería…y tienen vedadas las demás profesiones. Se entiende que son ellas individualmente, a nivel personal las que deben hacer esa función de cuidado en la sociedad. Nace la reivindicación: SOMOS IGUALES. Esta actitud tiene la consecuencia de no educar lo específico y someter a las mujeres a la educación establecida y pensada para el éxito en abstracto que es de hecho, el éxito de los varones. Esto no pasa sólo en la educación, es el mismo problema que tenemos en la medicina, lo único específico es la ginecología, como si las hormonas específicas no tuvieran ningún papel en el resto de los órganos y sistemas; la mayoría de las dolencias femeninas se incluyen en algún cajón de sastre bastante inespecífico: fibromialgias y similares, por lo demás, miradas siempre con un cierto desdén; no es de extrañar que en todas las encuestas de salud las mujeres manifieste peor percepción de su salud que lo hombres.

Esta supuesta igualdad (se entiende que no estamos dudando que seamos iguales en dignidad, estamos hablando de la diversidad en que se manifiesta esa igual dignidad), genera dos prototipos de mujeres en su intento de tener éxito, o al menos un espacio digno en el mundo de hombres en que vivimos:

1. La  que renuncia a toda su especificidad para igualarse, yo la llamo la mujer alienada porque vive fuera de su propio ser, eso le permite ser agresiva, competitiva…y normalmente tienen éxito; sirve, además, como señuelo de la igualdad, si no tienes éxito es por los límites que tú misma te pones, porque el camino se demuestra que está abierto. Claro, una vez que se ha renunciado a ser mujer ya se puede ser cualquier cosa, yo entiendo en ese marco la defensa de la ideología de género que puede ser hasta una necesidad de revancha contra una sociedad que las ha destruido.

2. La que quiere compatibilizar su ser específico de mujer con el reconocimiento o éxito profesional, la que quiere conciliar. Yo le llamo la mujer frustrada, porque no conseguirá ni una cosa ni la otra. La meritocracia se encargará de ahogar su juventud, y como la lotería, nunca le tocará pero tiene que seguir jugando. Además vivirá rota, agotada y con culpabilidad en todos los ámbitos en que se mueva. También esta mujer está disponible para seguir cualquier canto de sirena que le prometa salir de su situación.

3. En el tercer tipo no vamos a entrar porque ni siquiera pretende tener dignidad, basta con ser la reina de la casa en la sociedad del ocio, es una superficialidad que empieza ya vencida, que cae en un cinismo que hace víctima a todo el que se le acerca. Es la mujer en quien se ha dejado crecer de forma malsana todos los rasgos de su especificidad.

Felizmente todas estas opciones tienen sus excepciones que constituyen a esas mujeres excepcionales, en auténticas heroínas.

Todo esto ocurre en un marco de degradación del trabajo, pero que es donde se enmarca lo que estoy exponiendo. Estos distintos factores sumados generan el invierno demográfico que vivimos. Sin embargo, es necesario reflexionar detenidamente no solo sobre la evidente caída de la natalidad, sino también, y quizás principalmente sobre el progresivo desconocimiento del significado y del valor específicos de la maternidad.

Si antaño la feminidad era valorada solo en su dimensión materna, de forma que la dimensión erótica de la feminidad estaba devaluada, considerando que el placer sexual de la mujer era fruto accidental de un acto encaminado a la procreación, ahora es la componente materna de la mujer la que se envilece. Hoy es frecuente considerar a la maternidad como consecuencia accidental del placer sexual y por tanto de la que hay que defenderse. La relación estructural, constitutiva, entre los aspectos eróticos y maternos de la sexualidad femenina se ha eliminado tanto de la conciencia personal, como de la social. Hemos incorporado el mensaje de que la sexualidad femenina, para ser vivida con verdadera libertad, debe liberarse de cualquier carga procreadora.

Pero la progresiva desaparición de lo maternal lleva consigo la desaparición de la actitud concreta hacia la realidad humana que está desarrollaba. Una actitud de acogida, de compasión, de atención a la necesidad, de protección y cuidado. Su desaparición arrastra la dramática disminución del valor de la vida y de la persona que hoy observamos.

Al hablar de maternidad, de madre, no quiero decir que sea algo que esté vivo y operante de modo automático en todas las mujeres. Se trata de un potencial arquetipo, presente en el inconsciente femenino, pero a la espera de ser activado por cada mujer singular. De ahí la importancia de no negar lo específico.

La interpretación válida de la intuición y observación de Edith Stein es que esta impronta materna ha de ser incorporada en todos los planos del vivir, es decir, en la política, en todos los sectores de la vida económica y social, en la estructura del pensamiento y la cultura. Y no de una forma individual, sino en el propio diseño de las estructuras, instituciones, programas y leyes. Lo que llamamos humanización, porque hemos deshumanizado esta era de la historia que toca a su fin, afecta a nuestra relación con nosotros mismos, con los otros, con la naturaleza y con Dios.

Nos proyectamos a una nueva época, pero todo indica que hay fuertes anhelos e intereses para crecer hacia mayores cotas de deshumanización.

La  separación del ámbito público (producción y vida  económica, política, medios de comunicación social, leyes, vida institucional en general) del que se ha dado en llamar privado o mejor doméstico (cuidado, acompañamiento, desarrollo y promoción de la vida) y su asignación a roles de género diferentes, hombres para el primero y mujeres para la vida doméstica, es característico de la última etapa de la historia. La  aparición de la fábrica, el nuevo régimen en política, la paulatina institucionalización de la vida social, de los últimos dos siglos separa artificialmente ambos planos de la vida, de forma que en la vida pública aparecen, como por arte de magia, adultos formados, crecidos y sanos, plenamente disponibles y libres de toda carga, que cuando enferman o envejecen desaparecen. ¿De dónde vienen y a dónde van? A un lugar invisible donde se les acoge, cuida, se les ayuda a crecer…que no solo es invisible, tampoco es valorado, pero curiosamente el ámbito público depende de él, sin él ni siquiera podría renovarse.

A través de este mecanismo el ámbito público produce, legisla, investiga, funciona al margen de la vida, a la que no puede servir porque la desconoce en su realidad de fragilidad. Ese modo abstracto de funcionamiento acaba sirviendo a los intereses del poder y al lucro.

La reaparición del Bien Común requiere que ese interés por lo personal-vital concreto y por la totalidad proveniente del alma materna inscrita del ser femenino y genuinamente cultivada, ocupe el lugar que le corresponde en la investigación, en la legislación, en el diseño de la producción… para que vuelva a estar al servicio de la vida, de toda vida.

Para ello es imprescindible que las mujeres accedamos a la vida pública desde nuestra especificidad femenina, sin pretender adaptarnos sino aportando la innovación que nuestra presencia exige; que hagamos visible la fragilidad, que haya espacio para el amor, que es decir que lo haya para la gratuidad, el perdón, la compasión. Necesitamos que sea respetada la sexualidad femenina en su integridad erótico-materna, es necesario que lo maternal (y no solo la natalidad) recobre el papel fundamental que le corresponde en la sociedad.

Porque separados, el ámbito doméstico ha desaparecido, no hay familia, no hay niños, no hay cuidado –la eutanasia nos liberará de él-, no hay hogar, ni gratuidad que acoja la fragilidad humana. Pero es que el ámbito público se ha vuelto loco y ya no solo no sirve a la vida, sino que la ataca. El poder y la riqueza han destruido la comunidad, ya no hay sujeto del Bien Común.

Esta tarea civilizadora ni se puede hacer solo,  ni se puede hacer a lo grande. Exige la valentía de ir a contracorriente con vida asociada y solidaridad, empezando por la novedad de la institución primera: la familia.

Nota: Este artículo también se ha publicado en la revista Id y Evangelizad

 

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