Cuidado con la sociogenómica o genómica social, nos lleva a la eugenesia

Desde que la doble hélice fuera descubierta, la ciencia ha vivido muchas “revoluciones del ADN

Esta nueva ¿ciencia?, que busca correlaciones entre los genes y determinados rasgos del comportamiento como la inteligencia, se está convirtiendo en un arma para defender nuevas formas de eugenesia. Pero, aunque estas correlaciones sean muy útiles, no implican una relación causa-efecto 

 ¿Le gustaría ser capaz de predecir las agresiones? ¿Y el neuroticismo o la aversión al riesgo? ¿El autoritarismo? ¿Los logros académicos? Esta es justo la última promesa del cada vez más popular campo de la genómica social o sociogenómica.

Desde que la doble hélice fuera descubierta, la ciencia ha vivido muchas “revoluciones del ADN”. Y resulta que ahora mismo estamos en medio de otra más. Se trata de un matrimonio entre las ciencias sociales y las naturales que utiliza grandes volúmenes de datos de la ciencia del genoma (cada vez más abundantes gracias a las empresas de pruebas genéticas como 23andMe) para describir las bases genéticas que rigen los comportamientos complejos que estudian los sociólogos, economistas, científicos, políticos y psicólogos. Este nuevo campo está liderado por un grupo de científicos mayoritariamente jóvenes, generalmente carismáticos, dispuestos a escribir libros y artículos de opinión, dar entrevistas y conferencias de alto nivel. Y su trabajo demuestra que el debate entre lo innato y lo adquirido no acaba nunca, simplemente se replica y se reinicia en un nuevo contexto.

Los defensores de la sociogenómica se imaginan un futuro que no parece igual de esperanzador para todo el mundo. Estos expertos describen un escenario de “tarjetas sanitarias” entregadas al nacer basadas en el genoma del individuo y capaces de predecir el riesgo de diversas enfermedades y la tendencia a mostrar diferentes comportamientos. A través de este nuevo campo, las ciencias sociales del futuro podrán analizar el componente genético involucrado en los logros educativos y en la riqueza, mientras que los economistas podrán establecer “puntuaciones de riesgo” para el gasto, el ahorro y el comportamiento de inversión basadas en los genes.

Sin un buen sistema regulatorio para controlar todo esto, las posibilidades de la genómica social podrían utilizarse para analizar las solicitudes de ingreso para escuelas y empleos, para calcular el coste de distintos tipos de seguros.

Un mundo regido por estos principios podría resultar tan emocionante como aterrador (o ambas cosas). Aunque los profesionales de la sociogenómica están centrados en sus aspectos positivos, en realidad poco se puede hacer para aumentar el control sobre este sector. El psicólogo educativo Robert Plomin afirma: “El genio ha salido de la botella y ya no podemos volver a meterlo dentro”.

¿Pero realmente la ciencia es capaz de hacer este tipo de predicciones? Y si lo es, ¿de verdad puede convertirse una base válida para definir políticas sociales? Para responder a estas preguntas es necesario poner en contexto esta nueva forma de ciencia social “hereditaria”. Y para ello no solo hay que considerar la ciencia en sí, sino la perspectiva social e histórica. Eso podría ayudarnos a comprender todo lo que está en juego y cuáles son los posibles riesgos y beneficios reales.

Una ciencia extraña

Si esto es “ciencia”, entonces se trata de una ciencia muy poco común. Estamos acostumbrados a pensar que la ciencia busca progresivas explicaciones de los efectos que causan los fenómenos naturales a partir de una serie de hipótesis. Y cualquier buena ciencia hace mucho hincapié desmentir las hipótesis de trabajo.

Pero en la sociogenómica no hay experimentos, no hay hipótesis para aceptar o rechazar, los datos no ofrecen conclusiones sobre los principios generales. Tampoco es una ciencia histórica, como la geología y la biología evolutiva, que se basan en un largo historial de datos para alcanzar sus conclusiones.

La sociogenómica es más inductiva que deductiva. Empieza recopilando datos sin una hipótesis previa. Simplemente se recoge información de estudios longitudinales como el del corazón de Framingham, estudios con gemelos y otras fuentes de información, como las compañías de pruebas genéticas de consumo (por ejemplo, 23andMe) que recopilan los datos biográficos y biométricos, además de los genéticos sobre todos sus clientes.

Después, los algoritmos engullen los datos y escupen las correlaciones que detectan entre el rasgo de interés y las pequeñas variaciones en el ADN, llamadas SNP (polimorfismos de un solo nucleótido). Al final, los expertos en sociogenómica hacen lo que la mayoría de los científicos hacen al principio: extraen conclusiones y predicciones sobre el comportamiento futuro de un individuo.

Pero la sociogenómica no se centra en las relaciones causa-efecto sino en las correlaciones. Los datos de ADN suelen presentarse como estudios de asociación del genoma (GWAS, por sus siglas en inglés), un medio para comparar los genomas y vincular las variaciones de los SNP. Los algoritmos sociogenómicos lanzan la pregunta: ¿Existen patrones en los SNP que estén correlacionados con algún un rasgo, ya sea la inteligencia o la homosexualidad o el amor por el juego?

Sí, casi siempre es así. El número de posibles combinaciones de los SNP es tan grande que resulta prácticamente inevitable encontrar correlaciones con cualquier rasgo. El biólogo evolutivo Graham Coop explica que los grandes volúmenes de datos pueden hacernos caer en una falsa sensación de objetividad. El experto detalla que el éxito de los GWAS “parece sugerir que pronto podremos resolver los debates sobre si las diferencias de comportamiento entre las poblaciones están en parte causadas por la genética”. Pero añade que “responder a esta pregunta es mucho más complicado de lo que parece”.

Coop describe lo que él describe como un “ejemplo de”juguete” de un estudio poligénico engañoso, un experimento mental. La hipotética pregunta de la investigación podría ser: ¿Por qué los ingleses beben más té que los franceses?

El investigador imaginario de Coop, Roberto, utiliza datos de bases existentes como los del Biobanco de Reino Unido. A partir de ellos, cuenta el número medio de alelos (diferentes formas de un gen) asociado con la preferencia por el té de los ingleses y los franceses. Coop detalla: “Si es más probable que los británicos, en general, tengan alelos que aumenten el consumo de té más que los franceses, entonces Roberto podría decir que ha demostrado que la diferencia entre la preferencia por el té de las personas francesas y británicas se debe, en parte, a la genética”.

Como buen profesional de la ciencia, por supuesto Roberto ofrecería las garantías habituales sobre la calidad de sus datos. También insistiría en que sus resultados no demuestran que todos los británicos que consumen mucho té lo hagan motivados por sus genes, solo que la diferencia general entre las dos poblaciones es, en parte, genética.

Con este ejemplo, Coop demuestra los problemas de este enfoque. Básicamente, obvia hecho crucial de que los alelos pueden comportarse de manera distinta en diferentes genomas y entornos: “El problema es que los estudios GWAS no apuntan a alelos específicos para las preferencias de té, solo a los alelos asociados con la preferencia de té en el conjunto actual de los entornos experimentados por personas en el Biobanco de Reino Unido”. En otras palabras, no podemos asegurar que un grupo diferente de personas con las mismas variaciones genéticas presente el mismo gusto por el consumo de té. E incluso si lo hicieran, seguiríamos sin saber si este rasgo está motivado por dichos genes.

Así que el experimento de Roberto básicamente contiene dos falacias. La primera es que confunde la relación causal con una simple correlación. Su estudio no demuestra que los supuestos alelos relacionados con el gusto por el té tengan impacto en el consumo, simplemente demuestra que están correlacionados. Los resultados son predictivos pero no explicativos. La segunda falacia es una que aprendí el primer día de clase de bioestadística: el valor estadístico no es igual al biológico. La cantidad de personas que compran helados en la playa se relaciona con la cantidad de personas que se ahogan o que son devoradas por los tiburones en la playa. Las cifras de ventas de los puestos de helados junto a la playa podrían ser altamente predictivas de los ataques de tiburones. Pero solo un loco nos tiraría el helado con un golpe con la mano afirmando que así nos salvó del gran tiburón blanco.

Coop concluye: “Los rasgos complejos son solo eso: complejos. La mayoría de los rasgos son increíblemente poligénicos, probablemente con decenas de miles de SNP asociados. Estos SNP actuarán a través de una gran cantidad de vías, mediadas por interacciones con muchos factores ambientales y culturales”.

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Written by PBC

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