«Colgados del móvil». Fabricando una sociedad de esclavos

Una adicción se define clínicamente por tres factores: un patrón de uso problemático, un síndrome de abstinencia y una tolerancia que impulsa a hacer las dosis cada vez mayores. La llamada adicción al móvil está suponiendo un grave problema  a nivel escolar, profesional y social.

Algunos estudios en EE.UU ponen de manifiesto cómo el uso incontrolado de smartphones y redes sociales, afecta negativamente tanto a la salud mental[1] como física de los niños. Entre los datos reportados en estos estudios, destaca el llevado a cabo por la Universidad de Alberta, donde tras entrevistar a más de 2.300 docentes, un 67% de éstos afirmaron que los alumnos se distraen por culpa del teléfono móvil en el aula y que hasta un 75% ha visto disminuida su capacidad de concentración en las tareas escolares.

Otro de los estudios es mucho más alarmante, ya que afirma que los adolescentes que pasan tres o más horas al día con dispositivos electrónicos tienen hasta un 35% más de probabilidades de tener factores de riesgo de suicidio que aquellos que pasan menos de una ahora. El riesgo se eleva, según el mismo estudio, hasta un 71% más en el caso de los que pasan 5 horas o más.

No podemos olvidar que la adicción está promocionada por el propio diseño de la tecnología. Todo empezó por una carrera por monetizar la atención de los usuarios. La dependencia de la “nueva información” o la necesidad de “relevancia social” manifestada en los “likes” está destruyendo la salud mental de muchas personas, especialmente jóvenes. De esta manera todas las relaciones sociales, desde la infancia, pasando por lo escolar, lo profesional y terminando en lo político, están siendo condicionadas por una “sociedad de adictos”.

Facebook, Twitter, Instagram y Google han creado productos que  buscan nuestra atención constante para ganar dinero fundamentalmente por los datos que recaban del usuario[2]. Además, compiten entre ellas, por lo que usan técnicas de persuasión para mantenernos enganchados, como pueden ser los “feeds” que usan algoritmos, notificaciones, contenido… Saben cómo nos comportamos, nos conocen.

El asunto ha llegado tan lejos que hasta algunos inversores de las empresas tecnológicas están reaccionando. Mientras tanto, hay una asociación cuya causa es redefinir el uso que hacemos de la tecnología y combatir ciertas prácticas. Se llama Center for Humane Technology y la componen miembros que hasta hace poco fueron miembros activos de la industria tecnológica. Miembros como Tristan Harris (ex de Apple y Alphabet), Roger McNamee (EA, Facebook o Yelp), Aza Raskin (uno de los creadores de Mozilla) o Lynn Fox (Apple, Alphabet, Twitter o Palm).

En un análisis ( mediante una app)  de las apps que nos hacen más “felices” y cuales nos hacen más “infelices”, se observa  que las primeras suelen ser apps de organización, productividad y consumo cultural, en la segunda están las de mayor consumo como son las redes sociales, juegos y apps para encontrar relaciones.

Además, la mayoría de apps que nos hacen “felices” son usadas unos pocos minutos al día, mientras que las “infelices” multiplican ese consumo. Las medias son de 9,5 y 54,2 minutos respectivamente.

 

La adicción es una esclavitud. La persona es controlada desde afuera. No hay autocontrol. Desde el punto de vista sociopolítico fabricar una sociedad de adictos significa siempre controlar la sociedad. Si además esta adicción proporciona información el efecto político es doble.

El lema de todo buen traficante es “no consumas lo que vendes”. Muchos “gurus” de la industria digital han prohibido a sus hijos usar estas tecnologías hasta que no tuvieran cierta edad y desde luego no se lo siguen permitiendo en ciertos momentos del día sobre todo para preservar el clima familiar o desarrollar ciertas capacidades cognitivas.

Controlar nuestro tiempo es una de las formas de controlar nuestras vidas. Si nuestro tiempo está condicionado o determinado por ciertas aplicaciones digitales son estas las que nos controlan. Dependemos de ellas. Nuestra vida (bioquímica) está sometida a un vaivén cíclico de euforia y frustración creciente.

Si la adicción se produce o si la adicción persiste entre otras causas es porque no hay otras experiencias, vínculos o realidades humanas que nos satisfagan y se busca lo que no se tiene o se encuentra. La clave es analizar por qué en la sociedad las adicciones están aumentando. Posiblemente porque no hay otras experiencias personales, familiares, políticas o profesionales que satisfagan el sentido vital de muchas personas. La irrelevancia social se está convirtiendo en una “fobia” (miedo irracional y exagerado).

Por otro lado una de las claves de la sociedad actual es el fraccionamiento del tiempo. Si el nuestro está roto es un tiempo de muy mala calidad para ciertas tareas que exigen concentración y atención. Desde el punto de vista estudiantil y  profesional la adicción al móvil y a las redes sociales sobre todo es un auténtico desastre. Formar a un buen profesional lleva miles de horas de estudio y trabajo.

 

Padres, profesores, políticos tienen la obligación de implementar medidas a todos los niveles para que esto no se convierta en una pandemia. Pero para empezar, cada uno de nosotros podemos y debemos poner límites y autocontrol. Hagámoslo.

 

Carlos Llarandi Arroyo

Profesionales por el Bien Común

[1] En lo referente al uso habría que hablar de los contenidos tóxicos  también.

[2] http://profesionalesporelbiencomun.com/?s=metadatos#.W4p3_s5KiG4

Written by Carlos Llarandi

Carlos Llarandi Arroyo. Químico. Profesor de Ciencias. Greenwich School.Madrid. Análisis de Sistemas Dinámicos.Nabucco Center.Spin-Off Universidad de Sevilla. Máster Ciencias Matrimonio y Familia (pte tesina) y Máster en Doctrina Social de la Iglesia. Madrid. Science & faith. Barcelona. @carlosllarandi


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