Arquitectura para los pobres

El gran arquitecto egipcio Hassan Fathy pensaba que la solución al problema global de la vivienda y, en especial, a cómo proporcionar cobijo a los campesinos más desfavorecidos, no pasaba por la industrialización o la pre-fabricación sino por la recuperación de las técnicas artesanales; y defendía su idea basándose en argumentos económicos, culturales, climáticos, estéticos y -sobre todo- en el irrenunciable respeto al ser humano como individuo cuya vivienda -por muy modesta que pueda ser- debe ser digna, personal y hecha a su escala.

Tras descubrir la arquitectura vernácula de su país, intentó por todos los medios proponerla como alternativa a los habituales programas de vivienda social masiva pero, pese a demostrar con una casa muestra la viabilidad económica y técnica de su propuesta, vio con horror como la destruían para encargar el proyecto a un arquitecto bien conectado que -por un coste global y unos honorarios mucho mayores- construyó un deprimente conjunto de unidades pobremente adaptadas al medio, pésimamente iluminadas y repetidas hasta el infinito.

Pero Fathy no se rendía fácilmente y continuó experimentando en propiedades de amigos receptivos, madurando su sistema de construcción integral con adobe y recuperando la técnica  -que ya sólo recordaban algunos ancianos nubios- de construir bóvedas de adobe de trazado parabólico que permitían evitar el uso de cimbras y podían ser levantadas por sólo dos obreros sin más utensilio que una azuela.

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Tras mucho batallar consiguió que en 1948 le encomendasen el reto de re-alojar a 7.000 personas que el gobierno egipcio deseaba desplazar de su ubicación encima de un yacimiento arqueológico de gran valor en Luxor para evitar que continuasen saqueándolo sistemáticamente.

Para ello tuvo que luchar contra las reticencias al desplazamiento de los implicados, lamentar que no le dejasen consultar con las mujeres (que eran las que realmente sabían de casas),  estudiar detalladamente la organización de la aldea original-con sus patios privados y públicos y su dependencia de los clanes familiares- y la arquitectura del lugar (sus captadores de viento, sus camas anti-alacranes, sus puertas de maderas recicladas, sus celosías, sus patios).

Formó a sus albañiles y artesanos, les devolvió el orgullo del trabajo artesanal bien hecho y les hizo ver el sinsentido de imitar el trabajo de las máquinas y de esforzarse por crear copias de copias de copias (imitando las casas de los ricos del pueblo que se inspiraban en las casas de los ricos de El Cairo que a su vez plagiaban modas europeas).

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Para responder con seriedad al gran reto de crear una ciudad desde la nada, Fathy  tuvo además que estudiar y reinventar el suministro de agua, re-diseñar los lavaderos públicos, las escuelas y el teatro, la mezquita y el mercado, las cocinas y las estufas domésticas (basadas en la tropicalización de las tradicionales Kachelofen austriacas), intentó recuperar artesanías de la región (textiles, carpintería y cerámicas) para porporcionar a la gente modos de vida alternativos a la rapiña de tumbas y dedicó uno de los edificos públicos del complejo a la exhibición de sus productos; y hasta se disfrazó de diablo-parásito en una de las funciones teatrales del pueblo para concienciar a los vecinos de los peligrosos gusanos ocultos en las aguas del Nilo.

En su sencillez, “Arquitectura para los pobres” es un ensayo profundo e inspirador, un canto de amor al ser humano, a su individualidad y a la riqueza de unos modos de vida que Fathy veía empobrecerse y desapareceer a gran velocidad debido a un progreso mal entendido que abocaba a todos a intentar ser “americanos”. Su vocación es la de cambiar las cosas y, de hecho, la mitad del libro está dedicado a los apéndices en los que detalla los costes de mano de obra y otros aspectos técnicos para facilitar su aplicación. Tal vez sea la visión de un romántico que se aferra a un pasado idealizado que ya nunca regresará pero todavía podemos aprender muchas cosas de su fallido intento por cambiar las cosas.

Ya en su época todos ponían en duda que fuese más económico construir con métodos tradicionales que a partir de productos industriales y él consiguió demostrar que no era así. Probablemente -y más si se descuentan los costes ambientales ocultos- la globalización haya reducido tanto el precio de los materiales industriales básicos que la construcción tradicional ya no puede competir con los productos que dan forma a la nueva arquitectura vernácula internacional.

Aún así, su trabajo nos puede ayudar a entender la increíble complejidad y sutilezas implícitas en el diseño de un núcleo urbano y la inconsciencia con la que se planifican enormes barrios de una tacada, así como la sabiduría escondida en la arquitectura popular que tantas veces desechamos a cambio de una mediocre uniformidad exacerbando esa dinámica de hacer copias de copias de copias que Fathy tan bien explicó.

Imagino que le horrorizaría ver cómo la pobreza global ha aumentado y cómo el proceso de degradación contra el que combatió toda su vida se ha acelerado, pero su legado -tanto su obra construida como el hermoso fracaso que relata este libro- nos muestra un camino digno de ser explorado para intentar hacer frente al desolador imperio de esa nueva “arquitectura sin arquitectos” a base de bloque de hormigón, plástico y chapa ondulada que se extiende desde los galpones de las aldeas gallegas hasta las inmensas barriadas de chabolas del extra-radio de las megalópolis subdesarrolladas.

Autor: iago lópez

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