Un emperador español inventó un ingenioso sistema para evitar las inundaciones en el Imperio romano

Las obras hidráulicas del emperador Trajano
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La visión cortoplacista y oportunista de la política, evitan en la mayoría de las ocasiones, abordar las grandes obras que necesitan las poblaciones. Obras que bien realizadas, además de seguridad, aportan riqueza y trabajo a amplias zonas.

El Tíber, el río que dio vida y pesadillas a Roma, encontró su némesis en un emperador hispano con una visión adelantada a su tiempo, y que desafió las inundaciones con un ingenioso sistema hidráulico que marcó un hito en la ingeniería romana.

Desde tiempos antiguos, el Tíber fue tanto un aliado como un enemigo para Roma. Su caudal abastecía de agua a la Ciudad Eterna, y sus orillas se convirtieron en un núcleo de comercio y actividad.

Sin embargo, cuando las lluvias intensas provocaban desbordamientos, el río se convertía en una fuerza devastadora, anegando calles y arrasando edificaciones. Las inundaciones traían consigo escasez de alimentos, enfermedades y destrucción, según el Profesor de Clásicas y Letras Kyle Harper.

Durante siglos, Roma enfrentó la furia del Tíber, pero fue Trajano, emperador hispano, quien ideó una solución duradera y avanzada: un sistema de canales para desviar el exceso de agua. Esta medida innovadora no solo preservó la ciudad de futuras catástrofes, sino que también marcó un hito en la ingeniería hidráulica de la época.

La Fossa Traiana: una maravilla de la ingeniería romana

Trajano, nacido en Itálica (hoy España), era un gobernante con visión de futuro. Su experiencia en ingeniería y construcción le permitió reconocer que el Tíber podía controlarse con una solución estructural y no solo con medidas temporales.

Aquella locura trajo como consecuencia «el hambre en el pueblo, la ruina del comercio y la penuria de alimentos». Y a ello se sumó, además, la destrucción de una infinidad de viviendas. «Socavados los cimientos de los edificios por la acción de las aguas estancadas, se desplomaron al retirarse las aguas del río», añadió el mismo Tácito. La inundación, como el resto, se consideró un mal presagio; una suerte de maldición forjada al calor, o eso creían en la época, de una pésima decisión política que había enfurecido a los dioses. El mismo Dion Casio, por ejemplo, achacó una de las crecidas a la decisión de Aulo Gabinio de restaurar en el trono de Egipto a Ptolomeo XII.

La época imperial no escapó de las crecidas. En el siglo I d.C., el segundo emperador de Roma, Tiberio, sufrió durante su reinado una de las inundaciones más grandes de la época. Según Dion Casio, cuando el río «inundó gran parte de la ciudad, convirtiéndola en navegable», el mandamás ordenó «a cinco senadores, elegidos por sorteo, que establecieran una vigilancia permanente para que su caudal no fuera excesivo en invierno ni escaso en verano, sino que siempre, y en la medida de lo posible, fluyera con un caudal estable». Desconocemos si esta medida palió o no los problemas generados por el líquido elemento. Lo que sí sabemos es que años después, en el 69 y en el 101 d.C., volvieron a sucederse sendas inundaciones.

Lucha contra el agua

Las crecidas fueron una verdadera pesadilla para Roma. Hasta tal punto, que los diferentes emperadores movilizaron a sus legiones de ingenieros y sabios para evitarlas. El ejemplo más claro fue Trajano. El hispano, nacido en nuestra castiza Itálica, fue un adelantado de la edificación naval. Para empezar, ordenó construir en el año 100 un segundo puerto de forma hexagonal al sudeste del de Claudio. Según explica el catedrático de Historia Antigua Santiago Montero en ‘Ingeniería hidráulica y religión en el Imperio romano’, la obra se completó con diversos depósitos, dos kilómetros de muelles e instalaciones fluviales en la Ciudad Eterna destinadas a guardas las mercancías que arribaban a través del Mediterráneo.

En lugar de ver las crecidas como presagios o advertencias divinas, interpretó el problema de las inundaciones como una cuestión de ingeniería. Así, bajo su mandato, se desarrollaron proyectos de infraestructura para canalizar el agua y evitar que el Tíber causara estragos en Roma.

El emperador ordenó la construcción de un canal que sirviera de alivio al río, conocido como la Fossa Traiana. Esta obra conectaba el Tíber directamente con el mar Mediterráneo, permitiendo que el agua fluyera libremente en temporadas de lluvias intensas, sin desbordarse en las calles romanas.

A día de hoy, este canal sigue existiendo, conocido como el canal de Fiumicino, y representa un legado de ingeniería que mantuvo a salvo a Roma por siglos.

La Fossa Traiana, además de ser una solución ingeniosa, se diseñó con una precisión asombrosa. Trajano y su equipo de ingenieros trabajaron para enlosetar el fondo del canal y crear una estructura que permitiera desviar los sedimentos y evitar obstrucciones.

Pero con Trajano, las inundaciones dejaron de verse como un castigo y comenzaron a entenderse como fenómenos naturales que podían mitigarse con tecnología e innovación.

Este cambio de mentalidad permitió a Roma invertir en más proyectos de infraestructura que ayudaron a otras ciudades del Imperio. Trajano aplicó su enfoque racional en varias provincias, construyendo acueductos, canales y otras obras hidráulicas que mejoraron la calidad de vida de sus habitantes y cimentaron su reputación como uno de los emperadores más queridos y respetados de Roma.

Sin embargo, como todo sistema de ingeniería, no era infalible. En el año 103 d.C., durante una temporada de lluvias excepcionales, el Tíber volvió a desbordarse. Aun así, la magnitud de los daños fue mucho menor de lo que hubiera sido sin el canal.

Plinio el Joven, un famoso cronista de la época, relató cómo las aguas invadieron partes de Roma, pero la intervención de Trajano evitó una tragedia mayor.

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