Psicofármacos, conciencia y sentido existencial

En España consumimos actualmente, en proporción, más antidepresivos que ningún otro país del mundo

 

En una reciente encuesta aparecida en un medio digital nos decía que el 69% de los británicos se sienten infelices a causa del Brexit, este dato lo podemos relacionar con el consumo de psicofármacos que ya es la tercera causa de muerte en Gran Bretaña

 

En el otro lado del Atlántico, las últimas encuestas en Estados Unidos dicen que el índice de desaprobación del gobierno se sitúa en el 54. En la actualidad, unos 15,5 millones de estadounidenses llevan más de cinco años tomando antidepresivos, el doble de personas que en 2010 y el triple que en el 2000.

 

Y en España consumimos actualmente, en proporción, más antidepresivos que ningún otro país del mundo. Según datos de la Agencia Española del Medicamento, el consumo de antidepresivos se triplicó en nuestro país al pasar de 26,5 a 79,5 dosis por mil habitantes.

 

Aparentemente somos una sociedad infeliz… mientras que en el Índice Mundial de Felicidad 2019 el Reino Unido ocupa el puesto 15º, Estados Unidos el 19º y España el 30º. Para hacernos una idea de lo que significan estas posiciones solo hace falta ver que Sudán del Sur ocupa la última, 156º.

 

Crisis de desconexión con la vida

 

El Dr. Paul Hokemeyer (psicoterapeuta) dice que los americanos están consumiendo medicamentos antidepresivos a un ritmo alarmante porque están sufriendo una crisis de conexión con sus vidas. En el mismo sentido, José Manuel García Montes, portavoz de la Sociedad Española de Psicología Clínica y de la Salud, dice que en nuestra sociedad tenemos prisa por desembarazarnos de las dificultades.

 

Estamos olvidando que las dificultades y el dolor son básicos para reconocer y apreciar la felicidad. Es una de las mejores formas de aprender a gestionar la vida. Todos los animales no humanos tienen esto muy claro cuando crían a sus cachorros, pero nosotros lo hemos ido olvidando a media que la sociedad presta más y más bienestar, e intentamos evitar hasta la más nimia dificultad, cuya superación fortalece y prepara.

 

Respecto a la felicidad, creo que en esta sociedad consumista se dan por buenos dos posicionamientos intrínsecamente perversos: uno es “ser feliz”, confundiendo los verbos “ser” y “estar”, como les pasa a los americanos cuando estudian nuestro idioma. No es posible “ser” feliz, sí “estar feliz”. La felicidad es algo que se siente de vez en cuando y ayuda a recobrar fuerzas y a sentirse bien consigo y con los demás, no es un estado permanente, sino algo a lo que aspiramos las personas; es decir, hablamos de un tránsito hacia el ideal, no una posición conquistada. Si damos por supuesto que hemos de “ser” felices no debemos extrañarnos de que tantas personas se sientan desgraciadas.

 

El segundo planteamiento perverso, y que está directamente relacionado con el primero, es el de “tener derecho”. Hablamos constantemente de nuestros derechos. (Es cierto que gracias al reconocimiento de los derechos fundamentales la sociedad ha ido avanzando y que es necesario reconocerlos y afianzarlos para desterrar los tremendos abusos que se cometen sobre quienes no pueden defenderse. No estoy hablando de eso). Lo que quiero resaltar ahora es que si una persona está convencida de que “tiene derecho” inmediatamente se coloca en la posición de exigir: es el otro quien tiene el deber de satisfacer su demanda. Es decir, toda la responsabilidad sobre su propio bienestar recae en un tercero.

 

Es la mejor fórmula que conozco para instalarse en la frustración. ¿Quiénes son los responsables de proveerme? Los padres, los maestros, los políticos, la sociedad en su conjunto … y aquí estoy yo, exigiendo mis derechos, lamentándome de los pobres resultados conseguidos y sintiéndome infeliz.

 

La conciencia dolorosa como sentido existencial

 

Quizás una forma de remontar esas vivencias limitantes sea pararnos a rumiar un poco por qué vivimos como vivimos lo que acontece a nuestro alrededor y qué podríamos hacer al respecto. Es necesario que tomemos una conciencia dolorosa de lo que le acontece a una gran mayoría de la personas de este mundo, a aquellos que ha sido arrojados injustamente a la cunetas de la historia, a aquellos cuya existencia ha sido clasificada como  innecesaria en el engranaje del poder económico. Es desde este cambio de mirada, puesta en el otro, desde donde las cosas empiezan a tener cierto sentido.

 

En una realidad donde nos parece que todo está planificado (hasta lo que debemos pensar y sentir), que todo está siendo observado y cualquier atisbo de cambio es rápidamente domesticado. En esta realidad.. todavía tenemos la capacidad de elegir, de cambiar al mirada, de seguir tomando partido.

 

En el libro “El hombre en busca de sentido”, el autor Viktor Frankl, nos describe su experiencia en un campo de concentración y  como la capacidad de elección le hacían sentirse libre, le concedían un atributo humano:

 

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino. Aun en un campo de concentración puede conservar su dignidad humana. Escribía Dostoyevski: “Solo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos”. Estas personas fueron dignas.”

 

La experiencia de la vida demuestra que el hombre tiene capacidad de elección.

 

Es esa libertad espiritual que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito.

 

Carlos Martínez Cerezal

Médico

Profesionales por el Bien Común

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Written by Carlos Martínez Cerezal


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