¿Muta la economía colaborativa en un capitalismo salvaje?

En momentos de crisis, el capitalismo tiende a reiventarse. Desde 2008, impulsada por la disrupción tecnológica, ha ido tomando cuerpo la última e inevitable metaformosis que se come a todas: la economía de plataformas. Nos guste o no, ése es el modelo de negocio de la revolución digital. Tarde o temprano, todos tendremos que pasar por la plataforma, como antes teníamos que ir a la fábrica o fichar en la oficina. Como trabajadores o como usuarios, todos acabaremos danzando (lo estamos haciendo ya) al ritmo ultraeficiente de los algoritmos, capaces de machear, como nunca antes, la oferta y la demanda, y de gestionar las tareas con la diligencia de un jefe implacable que además nos espía.

El teléfono móvil será más que nunca nuestro cordón umbilical y la extracción de datos acabará siendo el negocio del siglo en esta no tan nueva economía, marcada por la velocidad y la voracidad…

“No me atrevo a vaticinar si esta será la última reencarnación del capitalismo, pero sí puedo decir que las plataformas están aquí para quedarse, que se irán extendiendo a casi todos los sectores de la economía y que estamos aún a tiempo de fijar las nuevas reglas del juego” sostiene Nick Srnicek, profesor de Economía Digital en el King’s College y autor de Platform Capitalism, el libro que explora la transformación acelerada en la que estamos.

Srnicek pone lo que está ocurriendo en el contexto histórico y económico: de la crisis de los años 70 a la burbuja puntocom de los 90, hasta llegar a la debacle financiera de hace exactamente una década… “Cada uno de esos momentos ha creado el escenario para una nueva economía digital. El capitalismo ha demostrado ser increíblemente flexible, pero al mismo tiempo presenta unos elementos invariables que se traducen en los imperativos y en las restricciones que impone a las empresas y a los trabajadores”.

Le preguntamos a Srnicek si la promesa de las nuevas economías ha quedado atrás, si lo que estamos viendo no es ni más ni menos que un update tecnológico del capitalismo puro y duro, fiel al viejo lema: “El ganador se lo lleva todo”“Las plataformas tienen un apetito insaciable y una tendencia al monopolio en su propio ADN”, reconoce Srnicek. “Hasta la fecha se han aprovechado del vacío legal: las leyes antitrust con las que estábamos funcionando tienen más de medio siglo. Necesitamos sin duda nuevas políticas públicas para evitar la concentración excesiva de poder y para proteger los derechos de los trabajadores”.

“¿Pero no existe el riesgo de una uberización de la economía?”, le preguntamos al autor de El capitalismo de plataforma. “Conviene recordar que la así llamada gig economy es aún una parte pequeña de la tarta, aunque es cierto que se está extendiendo. Y aún así, yo diría que las plataformas sin activos, como Uber y Airbnb, son insostenibles. De alguna manera, han replicado el modelo de las puntocom: crecimiento antes que beneficios… En el último trimestre del 2017, Uber tuvo unas pérdidas de 1.200 millones de euros. Su verdadera ambición es funcionar en el futuro con su propia flota de coches autónomos. Airbnb se está moviendo también en la misma dirección y planea la construcción de sus propios pisos de alquiler temporal”.

Plataformas virtuales

Srnicek vaticina que las plataformas virtuales o lean platforms al estilo Uber o Airbnb no pueden seguir funcionando mucho más tiempo con el actual modelo. En contraste, las auténticas pioneras de la economía de plataforma -Google y Facebook- han consolidado su implantación masiva adquiriendo nuevas compañías y construyendo “infraestructuras”, manteniendo al mismo tiempo la esencia de su negocio: la “extracción” de datos y los anuncios “a la medida” de sus usuarios. Srnicek vaticina también el ascenso de las cloud plaforms como Salesforce o AWS, el brazo de “servicios de nube” de Amazon, que a su entender se está consolidando como la fuerza dominante de la infraestructura del siglo XXI con su más de medio millón de trabajadores, sus centros de datos, su capacidad robótica y su flota de drones.

Las “plataformas de productos” al estilo Spotify (la tabla de salvación de la industria musical) son otro modelo que se seguirá abriendo paso, bajo la premisa de transformar una mercancía tradicional en un servicio, cobrando una cuota de alquiler o subscripción. Otro modelo emergente es de las “plataformas industriales”, con Siemens y General Electric marcando la transición del modelo tradicional de producción a procesos conectados por internet que permiten convertir los productos en servicios.

“Casi todos los sectores de la economía pasarán tarde o temprano por la plataforma”, advierte Nick Srnicek. “Estamos hablando ni más ni menos que del sistema operativo de la economía digital, y hasta el sector agrícola se está moviendo en esa dirección, con John Deere y Monsanto trazando el camino”.

Características de las plataformas

Srnicek aprecia en todas las plataformas cuatro características. La primera es su condición de «intermediarios digitales», creando la infraestructura para conectar productores, clientes, proveedores, anunciantes e incluso objetos físicos. La segunda es el “efecto de red”: cuantos más usuarios acumula una plataforma, mayor es el potencial para generar valor. Las corporaciones en plataforma suelen funcionar también por un sistema de «subsidios cruzados» que permiten ofrecer algunos productos y servicios gratuitos para lograr más usuarios. El cuarto elemento común es la necesidad de una “implicación constante del usuario”, con el propósito de extraer más y más datos.

“Hay un quinto elemento, que es la tendencia monopolística de las plataformas”, advierte Srnicek. “Lo llevan en su ADN y eso tiene un poderoso efecto en el resto de la economía… El Estado o los gobiernos locales tienen el poder para controlar las plataformas: rompiendo los monopolios, implantando regulaciones, reclamando el pago de impuestos o, incluso, prohibiendo a las empresas que explotan a los trabajadores. Pero la regulación por sí sola no es la respuesta. Los esfuerzos deberían concentrarse en la creación de plataformas públicas o incluso plataformas postcapitalistas y colectivizadas, que garanticen la distribución de recursos, la participación de los ciudadanos y el desarrollo tecnológico.

Le preguntamos a Srnicek si no estamos avanzando a todo tren hacia una “distopía capitalista” en la que el hombre quedará a merced de la implacable trinidad: automatización, internet de las cosas e inteligencia artificial. “Estamos a tiempo para reclamar los valores humanos y sociales en la economía de las plataformas, y ese debería ser el argumento de los partidos de izquierda, en vez de optar por la tendencia reactiva ante la innovación”, sostiene Srnicek, coautor junto a Alex Williams de otro libro (Inventando el futuro: postcapitalismo y un mundo si trabajo) que ha provocado un intenso debate en el Reino Unido.

“El juego ha cambiado y tienen que cambiar necesariamente las reglas”, advierte Srnicek, que pide a los sindicatos y a las fuerzas progresistas que den un paso al frente: “Las 40 horas semanales fue una gran conquista social del siglo XX. Las 30 horas deberían ser la meta en el siglo XXI. La nueva realidad económica, con la precariedad creciente del empleo, puede justificar finalmente la implantación de la renta básica: un ingreso mínimo para todos y por el mero hecho de ser ciudadanos. Medidas que antes podían parecer utópicas pueden tener sentido en este nuevo escenario”.

“La precariedad no la han inventado las plataformas”, advierte por su parte Albert Cañigueral, conector para España y Latinoamérica de OuiShare y experto en economía digital. “Las formas atípicas de relación laboral (trabajos temporales, subcontratas) llevan creciendo desde hace décadas, y más en países como España. Lo único que van a hacer las plataformas digitales es acelerar esa tendencia”.

“Las empresas van a plataformizarse y a externalizar cada vez más tareas”, advierte Cañigueral. “Que el trabajo por tareas tenga que ser una configuración del sistema laboral en precario, es un una decisión que tomaremos como sociedad. El trabajo bien posicionado no sufre con esta configuración. El que sí sufre es el talento indiferenciado, y ahí es donde tenemos que enfocar los esfuerzos”.

Written by PBC

Profesionales por el Bien Común-Blog


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